miércoles 21 de enero de 2009

El equipo de gobierno de Barack Obama


Esta mañana La Vanguardia, al igual que otros periódicos de ámbito nacional, publicaba varias páginas de análisis a fondo sobre todo lo acontecido ayer y lo que se prevé para el futuro tras la investidura del nuevo presidente. En este caso, han redactado un bonito gráfico muy aclarador sobre el equipo de gobierno de Barack Obama, que adjunto en una foto, es realmente interesante.
Además, se sabe que Emanuel marcará la agenda política y Biden engrasará las relaciones con el Congreso. Para intentar superar la crisis y establecer un nuevo orden internacional, Obama ha roto con el viejo dogma del gobierno pequeño y se ha rodeado de un amplio equipo de profesionales veteranos, muchos curtidos en el Senado y en la a administración Clinton.

57.000 funcionarios a las órdenes de Hillary Clinton
Dos teorías explican la llegada de Hillary Clinton al Departamento de Estado. Cerrar las heridas abiertas durante la campaña electoral es una de las más populares. Otra es que, si algo va mal en política exterior (altamente probable), no le costará mucho a Obama culpar a su antigua rival. Hillary Clinton no tiene experiencia dirigiendo grandes instituciones y el Departamento de Estado emplea a 57.000 personas. Es, sin embargo, una gran trabajadora.
Con Obama comparte el ideal multilateralista, pero no tiene tan claro como su jefe que sea conveniente hablar con líderes de países como Irán, Cuba o Corea del Norte. Aun así, trabajará para defender los intereses norteamericanos con seducción más que con coerción. Un gran cambio respecto a Bush. Sus viejos colegas Leon Panetta (CIA) y Susan Rice (ONU) le serán de mucha ayuda.

OBAMA SE ABRE A UNA NUEVA ERA
Al escogerlos se ha guiado más por su experiencia que por su lealtad política. Obama supera así la visión simplista de la Administración Bush, que perdió a buenos asesores por no ser buenos republicanos, y evita rodearse de personas que le digan a todo que sí. Es el caso de Hillary Clinton, su gran rival en las primarias del Partido Demócrata, al frente del Departamento de Estado, y de Robert Gates, que sigue como secretario de Defensa. Que un cargo de tanta responsabilidad esté en manos de una persona designada por George W. Bush para desespero de la izquierda pacifista que apoyó a Obama se explica porque Gates no es un político y porque ha demostrado con creces que está preparado para lidiar con dos guerras y un ejército que abarca más de lo que puede. Su misión será reducir las tropas en Iraq y aumentarlas en Afganistán.
Gates, al mismo tiempo, simboliza el consenso bipartito al que tanto apela Obama, pues sin el apoyo del Partido Republicano poco podrá hacer. Roy LaHood, secretario de Transporte, es un republicano de pro y Obama desea contar con el respaldo del senador McCain. El lunes por la noche se deshizo en elogios hacia su viejo oponente durante una cena de homenaje en Washington. Una Casa Blanca bien ordenada tiene ventaja para marcar la agenda política en Washington y Rahm Emanuel se encargará de ello. Como es poco lo que puede hacerse sin unas buenas relaciones con el Congreso, el vicepresidente Joe Biden tratará de mantener abiertos los canales de comunicación con la colina del Capitolio.
A pesar de la cómoda ventaja demócrata en ambas cámaras, ninguna mayoría está garantizada en la equilibrada democracia norteamericana. La primera tarea de Obama será conseguir que los congresistas aprueben invertir 350.000 millones de dólares en el sector financiero.
Larry Summers será el encargado de presionarlos, no sólo para que voten sí, sino para que sean más duros con los banqueros y más generosos con las familias que no pueden pagar las hipotecas de sus casas.
A Tim Geithner, nuevo secretario del Tesoro, le tocará cuadrar el círculo de comprar la deuda basura de los bancos es posible que llegue a nacionalizarlos y aumentar el gasto público, tanto en infraestructuras como en sanidad, sin que el déficit ahogue a las generaciones futuras.
Que nuestros hijos hereden un mundo mejor es otro mantra de Obama y que así sea depende, en gran medida, del calentamiento global. Reducir las emisiones de CO2 y reducir la dependencia de la energía exterior será el difícil reto que asume el Nobel de Física Steven Chu al frente de la secretaría de Energía. Detesta el carbón como fuente energética, lo que, de entrada, le ha valido la antipatía de los estados mineros de los Apalaches. Decir no al carbón supondrá decir que sí al petróleo y la energía nuclear.
Es probable que Chu no tenga más remedio que permitir más pozos de petróleo en el golfo de México y quién sabe si, incluso, en la reserva natural del Artico, en Alaska. Esta puede ser una de las decisiones duras y, de entrada, incomprensibles que deba tomar Obama.
Que la retrase al máximo dependerá, en parte, del éxito que tenga Carol Browner con las energías renovables. Obama la ha puesto al frente de una nueva oficina de la Casa Blanca para coordinar un frente común contra el cambio climático. Mejorar el aire que respiramos será, de entrada, tan difícil para el nuevo presidente como lograr la sanidad universal. Todos los presidentes que han intentado reformar el complejo sistema sanitario dominado por los intereses rivados de los médicos, los hospitales, las aseguradoras, las farmacéuticas y los empresarios han fracasado.
Tom Daschle asume el reto con una gran reputación parlamentaria. Fue líder de la minoría demócrata en el Senado entre 1994 y el 2004. Su habilidad para mover los hilos del poder legislativo será determinante, tanto como el amplio respaldo de la opinión pública para conseguir esta ventaja social. El apoyo popular ha facilitado el traspaso de poderes. George W. Bush ha colaborado al máximo. Más de mil personas del gran equipo Obama ha tenido acceso anticipado a información de la administración Bush. El nuevo presidente no quiere perder un minuto. De su equipo depende que no le falte el aliento cuando tome las decisiones más duras.

Esto es tan solo el comienzo.